¡Socooooooorro! ¡Tengo ratones en mi casa!

¡Socooooooorro! ¡Tengo ratones en mi casa!

Publicado hace

2 años

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No sé si habréis oído el refrán popular que dice: “casa que cierra sus portones, casa que se llena de ratones”, yo por lo menos se lo escuché decir varias veces a mi abuela de pequeña, ¡y nada más veraz que este dicho popular! ¡Os lo puedo asegurar! ¿Por qué? Pues sencillamente porque este hecho lo pude comprobar cuando al heredar de la casa del pueblo de mi tía-abuela, una antigua casa señorial que había estado cerrada años, nos percatamos mi marido y yo de que estaba infestada de ratones. ¡Qué assssscoooo! Era una auténtica lástima porque la casa en cuestión era una monada y con una buena reforma quedaría preciosa. Entonces decidimos actuar y contactamos a Control de Plagas, una empresa almeriense especializada en desratización, pero también en desinfecciones (que por cierto visto el estado de la vivienda tampoco le vendría mal, pues ésta estaba repleta de moho, hongos…), así como en desinsectación, en tratamientos de la madera, etcétera. Estos “inquilinos” no eran los bienvenidos en nuestra casa y debíamos por ello erradicar en cuanto antes esta desagradable y sucia plaga…

¿En qué consiste la desratización y las desinfecciones?

Lo de poner trampas como antes con un vulgar trozo de queso cuando los roedores son numerosos y han tomado ya posesión del sitio es como en épocas de sequía tirar piedras a lo alto y decir que va a llover, o como lo de coger una flauta y de ponerse a tocar una pieza al más puro estilo del flautista de Hamelín, con el fin de hipnotizar y de llevarse lejos del lugar infestado a estos voraces y destructivos mamíferos. Todo ello son puras leyendas. Lo idóneo y correcto radicaba en confiar el lugar infestado a expertos. De hecho, en la empresa nos dijeron que ellos sólo utilizaban productos de última generación sumamente potentes, como los raticidas y rodenticidas profesionales que les permitían controlar a estos peludos animaluchos mediante trampas de captura múltiple, etcétera.

En cuanto a lo que se refería a la desinfección, nada de lejía u otros productos de limpieza de los que se tenían en casa, subrayaron (ya que al mezclarlos y al no conocer los efectos posibles podían ser peligrosos. Insistieron por ejemplo sobre el hecho de no mezclar el amoniaco con la lejía, ¡pues esta combinación podía ser mortal puesto que podía ocasionar asfixia!), era preferible pues dejar el caso siempre en mano de unos buenos profesionales que se encargarían de aplicar desinfectantes especiales contra los hongos, virus, bacterias y otros agentes patógenos. Tanto mi esposo como yo les dimos la razón. De todas formas, con la fobia que les tenía a esos horribles animales ¡estaba claro de que yo no me encargaría de dicha tarea! Con tan sólo recordar aquellas cabezas pequeñas, aquellos hocicos puntiagudos y cuerpos gruesos recubiertos de pelo basto y rígido ¡se me ponía la carne de gallina! Brrr… Ellos eran profesionales serios, rigurosos y garantizaban por un año sus tratamientos. Necesitaban un tiempo para acabar con esta plaga y sanear la casa. Les dimos las llaves…

¡Una casa por fin desinfectada y libre de ratones!

Al cabo de un tiempo nos llamaron de la empresa Control de Plagas, para decirnos que habían acabado el tratamiento. Cuando vimos la casa, ¡no nos lo podíamos creer! Allí ya no quedaba ni rastro de ratones ni de moho ni de hongos. Todo ello había desaparecido y en el aire saneado flotaban unos suaves y dulces aromas. ¡Daba gusto! Casi lloré de alegría al ver la casa desinfectada y libre de roedores. Después de esta profunda desinfección ya podíamos contemplar por fin la posibilidad de una reforma integral para devolverle a la casa su nobleza y prestancia de antaño. Y es lo que hicimos…

Aquello pasó hace un tiempo y desde entonces llevamos ya dos años viviendo en la casa. Pero antes de acabar con este post me queda por contaros una pequeña anécdota… Así pues, tras todas estas aventuras decidimos celebrar el fin de las obras, que coincidían con mi cumpleaños, invitando a nuestros familiares y amigos. Algunos me obsequiaron con bonitos regalos, pero del que sí me acordaré de por vida es del de mi mejor amigo. Al abrir la caja, de pronto vi asomarse un hocico bigotudo y unos ojillos oscuros… Del susto, ¡grité y dejé caer la caja! Se rieron todos. ¡Si sólo era un pobre hámster! ¡Tontooooos!