“La música salvó nuestra vida”. Es una frase que he escuchado varias veces, sobre todo a los famosos o incluso a esas personas que después de varios años en coma volvieron a despertar. Y de esto hay unas cuantas historias.
Pues bien, nosotros, mi pareja Marta y yo, podemos decir que a nosotros también nos salvó la vida. Lo queríamos con toda el alma, pero había días en que queríamos…no sé, prefiero decir nada, aunque todos los que hemos pasado por este trago, sabemos. Fue entonces cuando alguien nos habló de la musicoterapia infantil. Al principio sonaba a canción rara, pero finalmente, y ya os puedo decir, que suena a melodía celestial.
Al principio, lo tengo que reconocer, me sonó raro. “¿Terapia con música? ¿Para un bebé de ocho meses?”, pensé. Pero la terapeuta de Somarmonia nos explicó que la música es uno de los primeros lenguajes que los niños comprenden, mucho antes de las palabras. Yo la verdad es que no lo recuerdo, pero mi madre siempre me ha contado que me ponía música cuando estaba en su barriga.
Nos contó que el llamado “habla maternal”, es esa forma instintiva de hablarle a un bebé con tono cantado, ritmo y exageración, pues es en realidad una forma natural de introducirlo al lenguaje. La melodía, decía, le da estructura al mundo que aún no entiende.
En las primeras sesiones, no se trataba de que Mateo aprendiera canciones ni de que nosotros tocáramos un instrumento. Era más simple. La terapeuta colocaba algunos instrumentos suaves sobre una alfombra: tambores pequeños, sonajeros, xilófonos, campanas. Nos pedía que observáramos cómo Mateo reaccionaba a los sonidos, y luego nos animaba a unirnos.
Juegos y sonidos
A través del juego y los sonidos, aprendimos a observarlo sin ansiedad. Ya no intentábamos calmar su llanto con fórmulas; simplemente lo acompañábamos con nuestra voz, con una melodía suave, inventada. Y funcionaba. Lo que antes era un momento de tensión se transformaba en una especie de diálogo musical.
Su llanto iba bajando de intensidad, y a veces se convertía en un gorjeo que imitaba nuestros tonos. La terapeuta nos dijo que era normal, explicó que, en esos momentos, no solo lo estábamos tranquilizando: estábamos fortaleciendo sus vías de comunicación y su seguridad emocional. La música se convirtió en un puente entre su mundo y el nuestro.
Con el paso de las semanas, notamos más cambios. Mateo empezó a moverse al ritmo de las canciones que poníamos en casa. Ahí fue el momento de escuchar a la famosa Vaca Lola, a Luli Pampín o a los míticos Cantajuegos. Su cuerpo respondía de forma natural: se balanceaba, daba palmadas torpes, reía. Su desarrollo motor mejoró, y nosotros también nos relajamos. En cada sesión, la terapeuta nos invitaba a redescubrir nuestro propio “niño interior”.
Confieso que al principio me dio vergüenza cantar o moverme frente a otros adultos, pero pronto entendí que esa inhibición era una barrera que también afectaba mi vínculo con mi hijo. Cuando logré soltarme y disfrutar el juego sonoro, sentí una conexión distinta, más libre y auténtica.
La musicoterapia no solo benefició a Mateo. También nos transformó a nosotros como pareja, que siempre viene bien. Aprendimos a comunicarnos de otra manera, a sincronizarnos en algo más que las tareas del día. A veces, en casa, encendíamos una vela y simplemente tocábamos sonidos suaves con los instrumentos que habíamos aprendido a usar. Era una forma de estar juntos, presentes, sin palabras.
Descubrimos que, al igual que nuestro hijo, también necesitábamos esa expresión emocional, ese espacio lúdico que habíamos olvidado entre horarios y responsabilidades.
Nuestra terapeuta nos explicaba que la musicoterapia actúa como una herramienta preventiva y de promoción de la salud. No hace falta que haya un problema grave para recurrir a ella: basta con el deseo de potenciar el desarrollo integral del niño y fortalecer los vínculos afectivos. En casos donde existen dificultades emocionales, comunicativas o de conducta, puede ser aún más poderosa y es algo que hemos podido comparar en otras parejas. Pero en nuestro caso, fue simplemente una manera de reencontrarnos como familia y de volver a ser feliz.
Hoy, Mateo tiene dos años, y es muy feliz, y nosotros más. Le encanta cantar, inventar ritmos con los cubiertos o bailar con cualquier melodía que suene. Pero lo que más me emociona es verlo mirarnos con esa complicidad sonora que compartimos desde aquellos primeros encuentros.
La música se convirtió en nuestro mejor aliado, y la verdad es que ahora, cuando pensamos en qué podría ser Mateo de mayor, tenemos claro que nos gustaría que fuera algo que estuviera relacionado con la música. Suena bien, ¿verdad?

